Detras de la mascara
Detras de la mascara Jean volvió a casa, pero no pudo pegar ojo en toda la noche y se levantó con una extraña sensación.
La mañana se hizo eterna, pero el mediodía llegó inevitablemente, y con la excusa de refrescarse en la gruta, Jean llegó hasta una cuesta desde la que se veía la verja de entrada de la mansión. Estuvo observando durante dos horas, pero no vio a nadie. En el preciso instante en que se dio media vuelta, un jinete atravesó la verja en dirección a la casa. Jean no sabía lo que estaba pasando, pero como se moría de ganas de obtener información, echó a correr para recibir al jinete, convencida de que éste traía malas noticias. Era un joven que venía de la estación, y cuando vio a Jean, embridó. Parecía agitado y confuso.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó jadeando la institutriz.
—Un terrible accidente en las vías del tren, justo al otro lado de Croydon. Hemos recibido la noticia por telégrafo hace media hora —explicó el hombre mientras se secaba el sudor de la frente.
—¿El tren del mediodía? ¿Sir John estaba en él? ¡Rápido, cuéntamelo todo!