Detras de la mascara

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—Creo que ésas eran sus intenciones, pero la compañía de algunas personas le retuvo. Tuvo que atender al mayordomo y a una serie de caballeros, de modo que el señor John no quedó libre hasta esta noche, aunque debo decir que su estado no era el más propicio para marcharse, porque se le notaba muy cansado.

—¿Cree que puede estar enfermo? ¿Tenía aspecto de estar enfermo?

Mientras Jean pronunciaba estas palabras, un escalofrío de terror se apoderó de ella, temiendo que la muerte le arrebatara su tesoro.

—Bueno, usted ya sabe que las prisas no son buenas consejeras en un caballero mayor propenso a la apoplejía. Sir John estuvo preocupado durante todo el día. No parecía él. Yo sugerí que se llevara a su lacayo, pero él no quiso, y se marchó con un aspecto alterado. Lo cierto es que me tiene preocupado, porque sé que hay algo que lo está atormentando.

—¿Cuándo volverá, Ralph?

—Mañana al mediodía, si es posible; y por la noche, estará aquí con toda seguridad, porque me ordenó que transmitiera ese recado a todo aquel que me lo preguntara.

—¿Acaso dejó una nota o un mensaje para la señorita Coventry, o para alguien de la familia?

—No, señorita. Nada.

—Gracias.


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