Detras de la mascara

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Edward se despidió inclinando la cabeza a modo de reverencia y entró en la casa, dejando a Jean sin aliento y con un cúmulo de emociones encontradas. La joven permaneció inmóvil por unos instantes; sin embargo, la energía vital de la mujer le impedía caer en la desesperación antes de agotar cualquier atisbo de esperanza. Por muy débil que ésta fuera, todavía se aferraba a ella con ahínco, y estaba resuelta a ganar la partida desafiando a todo y a todo el mundo. Se despertó de su ensoñación para dirigirse a su cuarto. Se dispuso a hacer su exigua maleta, se vistió con cautela y luego se sentó a esperar. Escuchó varios gritos de júbilo procedentes de la planta baja, vio cómo Coventry entraba en casa a toda prisa y gracias a una criada muy locuaz supo que el cadáver encontrado era el del joven Courtney Dado que el uniforme era idéntico al de Edward, y éste le había regalado un anillo, los hombres que trabajaron en las tareas de desescombro creyeron que el cuerpo desfigurado era el del hermano pequeño de los Coventry Sólo la criada se acercó a Jean; cuando la voz de Bella la reclamaba, alguien hacía callar a la niña y ésta no volvía a repetir la llamada. A las cinco en punto le entregaron un sobre escrito de puño y letra de Edward. Contenía un talón por una cifra superior a la paga de un año. El regalo no iba acompañado de ninguna nota, pero este generoso gesto la conmovió, ya que Jean Muir escondía los restos de lo que, tiempo atrás, había sido una naturaleza honesta y, a pesar de su falsedad, todavía podía admirar la nobleza y respetar la virtud. Una gota de auténtica vergüenza cayó sobre el papel, y un sentimiento de verdadera gratitud colmó su corazón. Pensó que, si fallaba todo lo demás, al menos no se quedaría sin un penique en el mundo, ya que éste se muestra despiadado con los pobres.


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