Detras de la mascara

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El tren entró repentinamente en la estación, y sir John se apeó de su vagón. El corazón de Jean pareció congelarse. Su prometido tenía el semblante serio, el rostro pálido y cansino, y se apoyaba en el brazo de un hombre corpulento vestido de negro. ¿Por qué ha venido el reverendo Fairfax, si ya se ha descubierto el secreto?, pensó Jean mientras avanzaba lenta y tímidamente para saludarlos e interpretar los mensajes de sus respectivos rostros. Él la vio, soltó el brazo de su amigo y echó a correr con la misma pasión de un joven amante, exclamando mientras asía la mano con un rostro radiante y un alegre tono de voz:

—¡Mi pequeña! ¿Creíste que nunca volvería?

Jean fue incapaz de contestar, ya que la emoción era demasiado intensa, pero él seguía aferrado a ella sin pensar en el tiempo o en el lugar, y entonces supo que su última esperanza no se había agotado. El señor Fairfax resultó estar a la altura de las circunstancias. Sin hacer ninguna pregunta, condujo a sir John y a Jean hasta un coche de caballos y entró detrás de la pareja con una tímida disculpa. Jean volvía a ser ella misma y, después de expresar sus temores por la tardanza, escuchó ávidamente el relato del cúmulo de dificultades que habían retenido a sir John.

—¿Has podido ver a Edward? —fue lo primero que preguntó Jean.


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