Detras de la mascara

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Llegaron a la mansión Hall. Sir John dio la orden de no dejar entrar a nadie y, después de tomar una cena improvisada, llamó a su vieja ama de llaves y a su mayordomo, les contó el motivo de su encuentro y les pidió que fueran los testigos de la boda. Sus vidas se habían regido por la obediencia, y para ellos sir John nunca se equivocaba, de modo que desempeñaron sus nuevos papeles gustosamente porque Jean era la invitada favorita en la mansión. Pálida como su vestido de color crema, pero tranquila y sosegada, Jean permaneció todo el rato junto a sir John, pronunciando sus votos con un tono de voz claro y aceptando las responsabilidades de una esposa con la habitual docilidad de una novia. Cuando él le colocó el anillo, Jean esbozó una amplia sonrisa. Luego, sir John la besó llamándola «su pequeña esposa», y ella derramó unas lagrimitas de sincera felicidad. Y cuando el señor Fairfax la llamó «mi señora», ella rió de forma melodiosa clavando en el cuadro de Gerald una mirada exultante. Cuando los criados abandonaron la estancia, sir John recibió un mensaje de la señora Coventry instándole a comparecer ante ella de inmediato.

—¿Tienes que abandonarme tan pronto? —preguntó Jean con un tono de voz suplicante, conociendo perfectamente el motivo de su visita.

—Debo irme, querida —y a pesar de su ternura, el porte de sir John fue decidido e irresistible.


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