Detras de la mascara

Detras de la mascara

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Cuando estaba a solas, la conducta de la señorita Muir era, sin duda alguna, original. Lo primero que hizo fue juntar las manos y murmurar apasionadamente entre dientes: «¡No volveré a fallar cuando existe ingenio y voluntad en una mujer!». Se quedó inmóvil durante un buen rato con una expresión de feroz desprecio en su rostro y luego blandió su puño en el aire como si estuviera amenazando a un enemigo invisible. Después se echó a reír y se encogió de hombros al estilo francés mientras murmuraba: «Sí, la última escena será mejor que la primera. Mon Dieu, ¡qué cansada y hambrienta estoy!».

Se arrodilló delante de un pequeño baúl que contenía todas sus posesiones materiales. Lo abrió y sacó de él un frasco. Luego lo mezcló con un vaso de licor que pareció beber con deleite mientras se sentaba musitando sobre la alfombra y sus audaces ojos escudriñaban cada rincón de la estancia.

—¡No está mal! Será un buen terreno en el que trabajar, y cuanto más difícil sea la tarea, mejor. Mera, vieja amiga. Tú me infundiste ánimo y valor cuando nadie me los daba. Adelante, se ha bajado el telón, y podré volver a ser yo misma durante unas horas, si es que las actrices son ellas mismas alguna vez.


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