Detras de la mascara
Detras de la mascara Mientras permanecía sentada en el suelo, se deshizo las trenzas de su abundante cabello, se limpió el colorete del rostro, esbozó una sonrisa que reveló sus dientes perlados y se desvistió. Desnuda, parecía una mujer ojerosa, cansada y malhumorada de treinta años como mínimo. La metamorfosis era extraordinaria, pero el disfraz se notaba más en la expresión que asumía su rostro que en cualquier prenda o adorno. Ahora que estaba sola, sus flexibles rasgos volvieron a su expresión natural, dura y amarga. Había sido hermosa en el pasado, una criatura feliz, inocente y tierna; pero ninguna de esas cualidades perduraba en la siniestra mujer que se sentaba a lamentar alguna desgracia, pérdida o desengaño que había oscurecido toda su vida. Permaneció sentada durante una hora; a veces jugueteaba sin darse cuenta con los escasos mechones de pelo que caían sobre su rostro. En ocasiones se llevaba la copa a sus labios con la esperanza de que el licor calentara su sangre helada, y cuando hubo desnudado su pecho pudo apreciarse la terrible marca de una herida recién cicatrizada. Al final se levantó y caminó pesadamente hasta la cama como haría una persona aturdida física y mentalmente.