Detras de la mascara

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Empezó a caminar a paso ligero y llegó hasta una explanada de césped que se abría ante la antigua mansión donde sir John Coventry vivía en solitario esplendor. Se trataba de una vieja casa solariega llena de robles, arbustos muy cuidados, jardincitos muy vistosos, terrazas soleadas, aguilones tallados, habitaciones espaciosas, criados uniformados y todo lujo imaginable que correspondía al hogar ancestral de un linaje rico y honorable. Los ojos de la señorita Muir brillaron al observar tanta majestuosidad, su paso se tornó más firme, su porte más orgulloso, y esbozó media sonrisa; era el gesto de alguien que se alegraba ante la perspectiva de un éxito o de un deseo largamente anhelado. De pronto cambió de actitud, se ajustó el sombrero, trenzó las manos suavemente ante ella y pareció entrar en un trance juvenil por esa hermosa escena que cautivaba a todas las personas amantes de la belleza. El motivo de este repentino cambio apareció en seguida. Un hombre robusto y atractivo, de entre cincuenta y sesenta años de edad, atravesó una portezuela que conducía al jardín y, al ver a la joven desconocida, se detuvo para mirarla. Sólo le dio tiempo a echar un vistazo. Por unos instantes, pareció atento a su presencia, se giró con una mirada de sobresalto, pronunció una exclamación que denotaba sorpresa y se mostró inseguro de si debía hablar o echar a correr. El educado sir John se despojó del sombreo y dijo, con la típica cortesía pasada de moda que tanto le favorecía:


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