Detras de la mascara
Detras de la mascara —Le pido disculpas si la he asustado, joven dama. PermÃtame resarcirla invitándola a dar un paseo por donde usted guste, y recoger las flores que más desee. Me doy cuenta de que le gustan, asà que, por favor, sÃrvase usted misma.
Con un aire encantador de timidez e ingenuidad femenina, la señorita Muir respondió:
—¡Oh, gracias, señor! Pero soy yo quien deberÃa disculparme por haber entrado en su finca. No debà hacerlo sin averiguar si sir John estaba ausente. Siempre he querido visitar este hermoso y antiguo lugar para darme un capricho.
—¿Y está usted satisfecha? —preguntó el hombre con una sonrisa.
—Estoy más que satisfecha. Estoy encantada, porque es el lugar más hermoso que haya visto nunca, y he visto muchos lugares famosos, tanto aquà como en el extranjero —respondió con entusiasmo.
—La mansión Hall se siente halagada por ello, al igual que su dueño si estuviera aquà —continuó el caballero con una extraña expresión en el rostro.
—No deberÃa halagarla ante él, al menos no con la misma ligereza con la que he mostrado mis opiniones ante usted, señor —contestó la señorita Muir, quien apartó la mirada de su interlocutor.
—¿Por qué no? —quiso saber él, entre curioso y divertido.