Detras de la mascara
Detras de la mascara —Por miedo. No es que tema a sir John. Pero he oÃdo tantas cosas nobles y hermosas sobre él, y lo respeto tanto, que no me atreverÃa a hablar demasiado para que no detectara mi admiración ni…
—¿Ni qué, jovencita? Continúe, si es tan amable.
—Iba a decir… ni mi amor. Pues bien, lo diré porque es un hombre mayor y una no puede evitar amar la virtud y la valentÃa.
El porte de la señorita Muir parecÃa muy armonioso y formal mientras hablaba con la luz del sol centelleando sobre su pelo rubio, su rostro delicado y sus ojos alicaÃdos. Sir John no era un hombre frÃvolo, pero se satisfizo de los halagos recibidos por esa joven desconocida, y además sentÃa unas ganas irrefrenables de conocer su identidad. Él era demasiado educado para preguntárselo o para molestarla con insinuaciones de las que ella no parecÃa darse cuenta y, por tanto, supeditó su curiosidad a la suerte. Cuando ella se dio media vuelta, como si quisiera volver sobre sus pasos, él le ofreció un manojo de flores de invernadero que sostenÃa en sus manos. Luego preguntó, inclinando la cabeza en un gesto de reverencia:
—En nombre de sir John, permÃtame entregarle mi pequeño ramillete de flores, agradecido por su buena opinión, que, según puedo asegurarle, no es del todo merecida, porque le conozco bien.