Detras de la mascara

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—No, no lo harás. Eres demasiado indolente para eso, Gerald —interrumpió un hombre más joven y energético que jugueteaba con sus perros desde el descansillo.

—Le daré tres días de gracia, y si ella aguanta, no me molestaré en salir; pero si es una pesada, y estoy seguro de que lo será, me marcharé lejos para no verla.

—Jovencitos, os ruego que no habléis en términos tan deprimentes. Me angustia la llegada de una desconocida tanto o más que a vosotros, pero no debemos descuidar la educación de Bella. Así que me he armado de valor para soportar a esta mujer, y Lucía, muy amablemente, se ha ofrecido para ocuparse de ella a partir de mañana.

—No te molestes, mamá. Yo diría que es buena persona, y cuando nos acostumbremos a ella, no me cabe duda de que estaremos encantados con su presencia. Ahora esto está muy aburrido. Lady Sydney comentó que era una joven muy tranquila, capacitada y afable que necesitaba un hogar, y que sería de gran ayuda para una pobre estúpida como yo, así que, por favor, procura ser amable con ella.

—Lo haré, querida, ¿pero no se está haciendo tarde? Espero que no haya ocurrido nada malo. ¿Les dijiste que enviaran un coche a la estación para recogerla, Gerald?


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