Detras de la mascara

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El hombre salió de la estancia con una expresión de sorpresa dibujada en el rostro y al cabo de unos instantes la puerta se abrió sin hacer ruido para que entrara la señorita Muir. Había sido un día muy cálido, y por primera vez se había quitado su sencillo vestido negro. Iba toda de blanco y su único adorno era su pelo rubio y un fragante ramillete de violetas atado al cinturón. Parecía una mujer muy distinta de la criatura dócil y monjil que andaba por casa. Su rostro parecía distinto gracias al color claro del vestido, porque ahora una suave tonalidad parecía reflejarse en sus mejillas, sus ojos sonreían tímidamente y sus labios no expresaban la rigidez de alguien que se esforzaba por contener sus emociones. La señorita Muir se parecía a una mujer dinámica, dulce y encantadora, y Coventry se dio cuenta de que la lúgubre estancia se iluminaba súbitamente por su presencia.

La señorita Muir se dirigió hacia él y dijo, simplemente, con una mirada solícita y feliz que resultaba muy gratificante de ver:

—Me alegro de que me haya llamado. ¿Qué puedo hacer por usted?

Él le explicó lo que pasaba y, antes de que le diera tiempo a terminar su queja, ella le soltó los vendajes con la determinación de alguien que entendía lo que estaba haciendo y tenía fe en sí misma.


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