Detras de la mascara

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—¡Vaya, esto está mucho mejor! —exclamó Coventry mientras la señorita Muir retiraba la última venda—. Ned tenía miedo de que me desangrara si me sacaban las vendas. ¿Qué va a decir el médico?

—No lo sé ni me importa. Le diré que ha obrado mal apretando tanto el vendaje y por no dar más indicaciones al respecto. Ahora debo recomendarle que se vaya a la cama, porque eso es lo que necesita. ¿Me permite que se lo diga?

—Espero que así sea.

Y mientras la señorita Muir volvía a colocar los vendajes, el joven la observaba con curiosidad. Luego, preguntó:

—¿Cómo es posible que sepa tanto?

—Cuando estuve enferma e ingresada en el hospital, aprendí muchas cosas que me interesaban, y cuando me recuperé, a veces cantaba a los pacientes.

—¿Quiere decir que ahora va a cantarme? —preguntó él con un tono de voz dócil que, en ocasiones, los hombres adoptan cuando están enfermos y una mujer cuida de ellos.

—Si prefiere que cante, en vez de leer en voz alta con entonación cansina… —respondió ella mientras ataba el último nudo.

—Lo prefiero —decidió.

—Tiene usted un poco de fiebre. Le secaré el sudor de la frente y se sentirá mucho mejor.


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