Detras de la mascara

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La señorita Muir empezó a andar de un lado a otro de la estancia sin apenas hacer ruido, lo cual era agradable de ver, y, después de mezclar unas gotas de colonia en el agua, enjuagó el rostro de él como si fuera un niño. Su forma de proceder no sólo alivió, sino que divirtió a Coventry, quien empezó a compararla mentalmente con la enfermera robusta y adicta a la cerveza que había cuidado de él en su última enfermedad.

Es una mujercita lista y amable, pensó, sintiéndose a gusto mientras ella no daba muestra alguna de incomodidad.

—Ahora tiene mejor aspecto —comentó la señorita Muir asintiendo con la cabeza cuando hubo terminado con los enjuagues. Después apartó los rizos morenos de su frente con una mano fría y suave. Luego se sentó en una butaca que estaba junto a la cama y empezó a cantar mientras enrollaba los vendajes limpios que debería aplicar por la mañana. Coventry no pudo evitar observarla entre la penumbra de la suave luz que resplandecía en la habitación. La muchacha entonó, con la voz angelical de un pajarillo, una canción de cuna algo etérea y grave que amainó al enfermo como si de un hechizo se tratara. Poco después, la señorita Muir se levantó para comprobar el efecto que había causado su tonadilla, y se dio cuenta de que el joven estaba despierto y que la miraba con una curiosa mezcla de agrado, interés y admiración.


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