Detras de la mascara

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—Cierre los ojos, señor Coventry —advirtió ella moviendo la cabeza con un gesto reprobatorio y esbozando una extraña sonrisita.

Coventry se echó a reír tímidamente y obedeció, aunque no pudo resistirse a la tentación de mirar furtivamente la esbelta figura blanca que estaba sentada en la butaca forrada de terciopelo. Ella le devolvió la mirada frunciendo el ceño.

—Es usted muy desobediente. ¿Por qué no quiere dormirse?

—No puedo, prefiero escuchar. Me gustan los ruiseñores.

—Pues entonces, no cantaré más. Probaré algo que nunca me ha fallado. Acérqueme su mano, por favor.

Sorprendido, Coventry vio cómo las dos pequeñas manos de ella aferraban la suya. Luego se sentó detrás de la cortina de la cama y permaneció tan callada e inmóvil como una estatua. Al principio, Coventry se rió para sus adentros, preguntándose quién se cansaría primero. De repente, empezó a sentir un agradable calorcito procedente de las palmas suaves que rodeaban las suyas. Su corazón empezó a latir deprisa, su respiración se volvió entrecortada y multitud de pensamientos asaltaron su mente. Suspiró y dijo, adormecido, mientras giraba el rostro hacia ella.

—Esto me gusta.


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