Detras de la mascara

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Ahora que Ned se ha marchado, supongo que la pequeña Muir hará su aparición, se dijo para sus adentros; pero la «pequeña Muir» no apareció, sino que pareció evitarle con más destreza de la que demostró su admirador. Si por la tarde él se dirigía al salón con la esperanza de oír algo de música, Lucía era la única que permanecía sentada en la estancia. Si él llamaba a la puerta de la habitación de Bella, siempre se producía una pausa antes de abrirla, y una vez dentro nunca veía a Jean, a pesar de haber oído su voz antes de llamar a la puerta. Si él entraba en la biblioteca, el precipitado murmullo y el sonido de unos pies apresurados delataban que la estancia había sido abandonada ante su inminente presencia. En el jardín, la señorita Muir siempre procuraba evitarlo, y si se encontraban por casualidad en el vestíbulo o en la sala donde se servía el desayuno, ella pasaba por delante de él con la mirada gacha y un saludo breve y frío. Estas reacciones le molestaban profundamente, y cuanto más le eludía ella, más deseaba verla con el fin de llevarle la contraria, según él, no por otra cosa. Le incomodaba y al mismo tiempo le divertía, hasta que al final descubrió un extraño placer en boicotear las discretas maniobras de la institutriz. Con el tiempo agotó su paciencia, y decidió averiguar qué ocultaba la joven tras su peculiar conducta. Después de cerrar la puerta de la biblioteca y de esconder la llave, esperó hasta que la señorita Muir entrara a buscar un libro para su tío. La había oído hablar de ello con Bella, y sabía que la joven creía que él estaba con su madre. Sonrió para sus adentros y siguió a la joven. La institutriz estaba subida a una silla tratando de alcanzar una estantería alta, de modo que Gerald tuvo ocasión de contemplar la delgada cintura de ella y sus hermosos pies antes de pronunciar palabra.


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