Hombrecitos
Hombrecitos El juego del brops era uno de los predilectos de los niños de Plumfield, que en las tardes lluviosas gozaban a más y mejor arrastrándose, aleteando, gruñendo y «bropsiando» por pasillos y habitaciones. Las rodillas de los pantalones y los codos de las chaquetas salían averiados del juego; pero mamá Bhaer zurcía y remendaba, exclamando:
—Los mayores hacemos tonterías menos inocentes y divertidas. ¡Ganas me dan de ser un brops!
Nat, cuando no se distraía cultivando su huertecita, hacía vida de pájaro, encaramándose al nido del sauce viejo, y dedicándose a tocar el violín. Los muchachos se recreaban escuchándole y le llamaban «El anciano murguista». Las aves revoloteaban y cantaban sin miedo junto al musiquillo.
Contaba Nat con un oyente y admirador fervoroso. El pobre Billy se deleitaba sentándose a orillas del arroyo, contemplando los copitos de bullente espuma, recreándose con las flores y, principalmente, escuchando los dulces sonidos del violín. Veía a Nat como a un ángel bajado del cielo para cantar entre las ramas del sauce. En la quebrantada memoria de Billy perduraba, aunque borroso, el recuerdo de los fantásticos consejos infantiles.