Hombrecitos
Hombrecitos —¡Vaya si le ayudaré! —exclamó la señora Bhaer, al terminar la carta. Luego, mirando a Nat, comprendió que, ya llegase a genio o ya quedase en mediocridad artÃstica, allà habÃa un niño enfermo y abandonado, muy necesitado de lo que ella podÃa y querÃa darle: hogar y cuidados maternales. Los esposos observaron atentamente al pequeño, y, a pesar de lo andrajoso del traje, de la suciedad del rostro y de la tosquedad de modales, quedaron bien impresionados. Nat era un muchachito de diez años, pálido, delgado, de ojos azules, frente despejada, enmarañado cabello, rostro inquieto que revelaba temor de reprensiones o golpes y reflejaba gratitud ante la menor muestra de afecto.
—¡Pobrecillo! Podrá tocar el violÃn tanto como quiera —murmuró la señora Bhaer al notar el gozo con que Nat oÃa a Tommy hablar de la orquesta infantil.
Después de comer, cuando los chicos entraron tumultuosamente en la escuela para seguir retozando, la tÃa Jo apareció con un violÃn en la mano, y tras breve conversación con su marido, se acercó a Nat, que estaba sentado en un rincón.
—Toma, hijo mÃo —le dijo—. Toca un poquito. Necesitábamos un violinista para nuestra orquesta.
Sin vacilar, con apresuramiento revelador de viva afición musical, el niño tomó el violÃn.
—Señora, tocaré lo mejor que pueda —murmuró.