Hombrecitos

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Grande era la algarabía que reinaba en la habitación; sin embargo, Nat, como si estuviese sordo a todos los ruidos que él no producía, comenzó a tocar blandamente. Preludió una sencilla «Danza africana»; los niños, al escuchar la música, enmudecieron, y, sorprendidos y deleitados, prestaron atención. Poco a poco fueron formando corro en torno al violinista. La señora Bhaer observaba con fijeza. Nat, brillantes las pupilas, parecía transfigurarse al hacer que el violín emitiera un lenguaje que encontró eco en todos los corazones.

Al terminar, un aplauso cerrado, sincerísimo, tronó en la sala.

—¡Muy bien! ¡Pero muy bien! —exclamó Tommy, que consideraba ya a Nat como a su «protegido».

—Serás el primer violín de mi orquesta —añadió Franz.

—Teddy está en lo cierto; este niño tiene corazón de artista —insinuó la señora Bhaer, dirigiéndose a su esposo. Este, acariciando al pequeño músico, exclamó:

—Tocas muy bien, hijito. Ahora ven y acompaña algo, para que cantemos.

El instante más hermoso y feliz de la vida del infeliz niño fue cuando se vio en la plataforma, junto al piano; los chicuelos le rodearon sin fijarse en su pobreza, antes bien, mirándole con respeto y deseando oírle tocar de nuevo.


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