Hombrecitos

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Nat besó la mano de su protectora y se dejó llevar a otra amplia habitación, donde encontraron a una alemana corpulenta y mofletuda, tocada con blanquísima cofia.

—Esta es la niñera Hummel; verás cómo te da un baño, te corta el pelo y te deja «como nuevo», según dice Rob. Mira el cuarto de baño; los sábados damos un fregote a los pequeños primero, y luego los acostamos antes de que los mayores vengan a alborotar. Roberto estará a tu lado.

Mientras hablaba, la señora Bhaer desnudó a Rob y lo zambulló en uno de los dos baños grandes, que, en unión de jofainas, aparatos de duchas, baños de pies, etc., ocupaban la estancia. Nat tomó un baño, y, mientras se higienizaba, vio a las dos mujeres lavotear, vestir de limpio y acostar a cuatro o cinco chiquitines que reían y gritaban gozosamente.

Después, enjugándose, sentado en una alfombra junto al fuego, se dejó cortar el pelo, y vio llegar a otra tanda de niños, que, al bañarse, alborotaban y revolvían el agua como si fuesen cachalotes.

—Aquí dormirá mejor Nat y si tose le da usted cocimiento pectoral —dijo la señora Bhaer, que iba y venía, como gallina rodeada de polluelos.


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