Hombrecitos

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Hummel aprobó la idea; puso a Nat una camisa de franela, le hizo beber una poción dulce y calentita y lo arropó bien en una de las tres camas que había en el cuarto. El muchachito, maravillado de tanta comodidad, se hallaba como en éxtasis. La limpieza le producía una sensación deliciosa y desconocida; la camisa de franela era un lujo inusitado; el jarabe dulcísimo que le calmaba la tos, le parecía una caricia hecha a su cuerpo, como las palabras de afecto le sabían a caricias del alma; al verse cuidado, atendido y acostado en aquel dormitorio, creíase en el cielo. Antojábasele estar soñando y se resistía a dormir temiendo que al despertar se hubiese disipado tanta ventura. Difícil le hubiera sido dormir entonces, porque cabalmente principiaba uno de los originalísimos números del programa educativo de Plumfield.

Tras un silencio en los ejercicios acuáticos, comenzaron a surcar el aire en todas direcciones almohadas que, desde los lechos, lanzaban blancos duendecillos. La batalla era sañuda en algunos dormitorios y aun llegaba al cuarto de la niñera, en forma de algún guerrero acorralado, que buscaba refugio. Nadie se admiraba de aquella lucha, ni nadie la impedía. Hummel colgaba las toallas y la señora Bhaer preparaba ropa limpia como si allí nada ocurriera. Más aún, la misma señora echó a correr tras un chico y le disparó la almohada que el audaz le lanzara.


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