Hombrecitos
Hombrecitos —¿No se harán daño? —preguntó Nat, riendo con ganas.
—Nunca. Los sábados por la noche les permitimos una batalla de almohadas; asà reaccionan después del baño —contestó la señora Bhaer, ordenando doce pares de zapatos.
—¡Qué escuela tan bonita es esta! —exclamó Nat.
—Es muy original —replicó, risueña, la señora—. Ya verás que no molestamos a los niños con estudio excesivo ni con normas rigurosas. Al principio prohibà las batallas de almohadas; cuando me convencà de que iba a ser difÃcil que me obedecieran, hice un trato; les permità batallar quince minutos todos los sábados a cambio de que los demás dÃas se acostasen tranquila y formalmente. Si faltan al convenio, no hay batalla el sábado; si cumplen lo pactado, quito las lámparas y los dejo brincar a sus anchas.
—¡Es admirable! —murmuró Nat, pensando en tomar parte y no atreviéndose a intervenir por ser recién llegado.
La señora Bhaer miró el reloj y dijo:
—Basta, niños; a la cama; cada uno a lo suyo, si no, sufrirán la multa.
—¿Qué multa? —interrogó temeroso Nat.