Hombrecitos
Hombrecitos En un instante Dan se encontró instalado en el vehículo, con el pie sobre un almohadón colocado en el asiento delantero, y cubierto con un chal que cayó como de las nubes. Medio-Brooke se encaramó en el pescante, junto a Peter, el cochero de color; Nat se colocó cerca de Dan, en el mejor lugar, mientras que el tío Teddy se acomodaba enfrente, para cuidar el pie lastimado, según dijo, pero en realidad para estudiar la fisonomía de ambos niños, tan dichosos y tan poco parecidos; Dan era cuadrado, moreno y fuerte; Nat, delgado, rubio, delicado, de mirar dulce y cara despejada.
—Oye —exclamó tío Teddy—; casualmente traigo un libro que te agradará.
Y buscó bajo los almohadones hasta dar con él.
—¡Qué preciosidad! —observó Dan, maravillado. Y luego, al hojearlo y ver los grabados en colores reproduciendo mariposas, pájaros y otros animalitos, se entusiasmó tanto que se olvidó de dar las gracias por el obsequio. Al señor Laurie le bastó como recompensa ver el entusiasmo del chicuelo, que era incalculable cuando entre los grabados tropezaba con la imagen de algún bichito conocido.
Nat, inclinado sobre el hombro de su amigo, miraba curiosamente, y Medio-Brooke balanceando los pies dentro del coche, intervino en la conversación.