Hombrecitos

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—Lo que yo sé, me lo contó el señor Hyde, que ha vivido entre los indios, y hasta conoce su idioma —dijo Dan, halagado por la atención de todos.

—¿Para qué usan las flechas? —preguntó Medio-Brooke.

Los demás formularon preguntas análogas. Dan narró cuanto el señor Hyde le contara semanas antes, mientras navegaba por el río para hacer estudios zoológicos.

Tío Teddy escuchaba atento, interesándose más por el niño que por el relato de los indios. Mamá Bhaer le había informado sobre el muchacho, y el señor Laurie, arisco en la niñez y que había vagabundeado bastante, sentía afecto hacia aquel rebelde que se iba domesticando por obra del dolor y de la paciencia.

—Se me ocurre —exclamó el buen señor— que les convendría mucho tener un museo particular: un lugar donde puedan conservar ordenadamente todas las cosas que encuentren, fabriquen o posean por regalo o préstamo. Tía Jo no se queja, porque es muy buena; pero no le debe hacer gracia tener un jarrón lleno de escarabajos; murciélagos muertos clavados tras de las puertas, y la casa inundada de piedras. ¿Verdad, niños, que pocas señoras aguantarían semejante desorden…?

—Pero ¿dónde vamos a guardar nuestras riquezas? —preguntó Medio-Brooke.

—En la cochera vieja.


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