Hombrecitos

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—¿Crees que mi madre me curó bien de las escapatorias…?

—Sí, señora.

—¿No intentarás otra correría…?

—Creo que no.

Mamá Bhaer, satisfecha, se abstuvo de sermonear.

Entró Rob llevando con exquisito cuidado lo que Asia llamaba «pastel salero»; pastel cocido al horno con salsa.

—Está hecho con algunas de las moras que recogí, y cuando comamos te daré la mitad ~dijo el chico.

—¿Por qué me obsequias, habiendo sido yo tan mala?

—Porque nos perdimos juntos. Pero ya no volverás a ser mala, ¿verdad…?

—Jamás —contestó resueltamente la muchachita.

—Bueno, pues vamos a que Mary Ann nos parta el pastel, para comerlo cuando llegue la hora del postre.

Nan dio un paso; luego se detuvo y murmuró:

—Se me olvidaba; no puedo ir.

—Prueba a ver —observó tía Jo, que acababa de desatar rápidamente la cuerda.

Nan, al verse libre, besó con estrépito a mamá Bhaer y salió corriendo, seguida por Rob, que, inadvertidamente, iba dejando tras de sí un reguero de la dulce salsa del pastel.


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