Hombrecitos

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Nada de esto la compensaba de la pérdida de libertad; aprendió a amarla con sólo perderla por algunas horas. Muchos y muy buenos pensamientos acudieron a su cabecita en los últimos momentos de la tarde, cuando todos los niños se fueron al arroyo a presenciar la botadura del nuevo barco de Emil. Nan había sido la encargada de bautizarlo, y de romper en la proa una botellita de vino, mientras pronunciaba el nombre de «Josephine», en honor de mamá Bhaer. Lamentaba haber perdido la ocasión, pensando que Daisy no sabría representar dignamente el papel de madrina. Las lágrimas se le saltaron al recordar que todo era culpa suya; y dijo en voz alta, dirigiéndose a una abeja que rondaba las rosas té que crecían al pie de la ventana:

—Si te has escapado, lo mejor que puedes hacer es irte pronto a tu casa, y decirle a tu madre que sientes mucho haberla desobedecido y que nunca más la desobedecerás.

—Me alegra oírte dar buenos consejos; mira, creo que los sigue —exclamó mamá Bhaer, asintiendo, mientras la abeja, extendiendo las rubinegras alas, se alejaba.

Nan enjugó con la mangados gotitas transparentes, líquidas, que brillaban en el marco de la ventana. Tía Jo abrazó a la niña, la sentó en su falda y le preguntó:


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