Hombrecitos

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—¡Qué bueno es mi hijito! Sí, pon la mesa y tráele una silla —dijo tía Jo tranquilizando a los dos, que rabiaban de hambre.

Nan comió sola; la tarde del cautiverio le resultó interminable; mamá Bhaer le alargó la cuerda para que pudiera asomarse a la ventana, y allí estuvo viendo los juegos de los niños y mirando cómo disfrutaban de libertad las aves y los insectos. Daisy obsequió con una merienda campestre a las muñecas y se colocó bajo la ventana, para que Nan participase con la vista de la diversión. Tommy, para consolarla, dio los saltos mortales más notables de su repertorio; Medio-Brooke se sentó en la escalinata leyendo en voz alta entretenidas historias, que distrajeron a la cautiva; en fin, Dan le hizo admirar las bellezas de un sapito vivo.









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