Hombrecitos
Hombrecitos —Pues hay que despertarla. Es un mal grave tener embotada la conciencia. Por lo tanto, aquà te quedas hasta la hora de comer y asà puedes hablar con Nan acerca de este asunto. Espero que no se desatarán hasta que yo lo ordene.
—No nos desataremos —afirmaron ambos, sintiendo como una virtud contribuir al castigo propio.
Durante una hora, fueron bonÃsimos; después se aburrieron de estar tanto rato en aquella habitación, y desearon salir. Nunca se les antojó el salón tan seductor como entonces; hasta los dormitorios les parecieron muy atrayentes y soñaron con hacer tiendas de campaña con las colchas de las camitas.
Al salir todos los chicos de la escuela, encontraron a Nan y a Rob atados como si fueran dos potrillos salvajes; el espectáculo fue divertido y edificante porque todos recordaban la aventura de la noche anterior.
—Suéltame ya, mamá; para otra vez estoy seguro de que la conciencia me punzará como un alfiler —suspiró Rob, cuando sonó la campana y vio a Teddy que lo contemplaba sorprendido y triste.
—Ya veremos —contestó la madre, dejándole en libertad. El chico atravesó corriendo el salón, llegó al comedor y volvió en seguida junto a Nan, preguntándole compasivo:
—¿Puedo traerle la comida…?