Hombrecitos
Hombrecitos La soledad no le resultó agradable a la muchacha; después de estar sentada un rato, trató de desatar la cuerda, pero, como la tenÃa atada por detrás, tuvo que deshacer, por serle más cómodo, el nudo que la unÃa al brazo del sofá. Viéndose suelta, y cuando ya se disponÃa a asomarse a la ventana, oyó a tÃa Jo, que, atravesando el salón, decÃa:
—Creo que no se escapará; en el fondo es una niña muy buena y sabe que la corrijo por su bien.
Nan, impresionada, retrocedió, volvió a atarse y comenzó a coser furiosamente. Momentos después apareció Rob y le agradó tanto aquel castigo que buscó un trozo de cuerda y se ató en el otro extremo del sofá.
—Yo también me perdà y debo estar atado como Nan —dijo el chico a su madre, cuando ésta lo vio prisionero.
—También, también mereces castigo, pues sabÃas que era malo lo que hacÃas.
—Nan me llevó —dijo Rob, que sentÃa agrado por la novedad del castigo, pero que no le gustaba que le regañasen.
—Pues no debiste ir. Aunque eres pequeño, tienes conciencia y debes aprender a sentirla.
—Pues no me remordió la conciencia cuando Nan me dijo: ¡Vamos a saltar la cerca!