Hombrecitos

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—Sí —contestó ésta riendo.

—Bueno, ¿cuál fue el castigo que le impuso su madre por la escapatoria…?

—Atarme a uno de los pies de la cama, con una cuerda que me dejaba andar, pero no salir de la habitación, y tenerme allí todo el día, con los zapatos rotos a la vista, para recordarme mi falta.

—¡Buen correctivo! —murmuró la muchachita, que amaba la libertad sobre todas las cosas.

—Bueno fue, porque me curó, y espero que a ti también te cure; voy a hacer la prueba —dijo tía Jo, sacando una madeja de cuerda que había en el cajón de la mesa de costura.

Nan la miró muda por el asombro, se dejó pasar la cuerda alrededor de la cintura y vio que la ataba a un brazo del sofá.

—No me agrada tratarte como a un perrito travieso, pero ya que tienes menos memoria que un perro, así te trataré.

—Igual me da que me aten o me dejen suelta. Me gusta jugar al perro —contestó Nan con cierto retintín, y principió a ladrar y a arrastrarse por el suelo.

Tía Jo hizo como que no veía ni oía; dejó un libro y un pañuelo para dobladillar a disposición de la cautiva, y se fue.


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