Hombrecitos
Hombrecitos —Le corresponde por derecho; él fue quien encontró a los niños.
Dan enrojeció de orgullo y satisfacción.
—Buenas noches, hijo mÃo. ¡Qué Dios te bendiga! —le dijo tÃa Jo al llegar a su cuarto.
—Quisiera yo ser hijo de usted —balbuceó el muchacho.
—Serás mi hijo mayor —le contestó dándole un beso.
Al dÃa siguiente, Rob se hallaba muy bien, pero Nan tenÃa dolor de cabeza, y se tumbó en el sofá de mamá Bhaer, friccionándose la cara con vaselina, pues se le habÃa levantado la piel con el sol. Ya no tenÃa remordimientos; al contrario, pensaba que habÃa perdido una gran ocasión de divertirse.
TÃa Jo, que no querÃa dejar pasar sin correctivo la escapatoria de la vÃspera, habló seriamente a Nan, explicándole, con ejemplos, la diferencia entre la libertad y licencia o abuso. Uno de ellos le sugirió la idea del extraño castigo que convenÃa imponer a la traviesa muchacha.
—Todos los niños necesitan correr a sus anchas —observó la chicuela.
—Algunos, corriendo a sus anchas, se extraviaron y no fueron hallados.
—¿Se perdió usted alguna vez? —le preguntó Nan.