Hombrecitos

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—¿Por qué lloras, hijo mío? —le preguntó su madre.

—¡Porque me perdí!

—Pero ya has aparecido. Nan dice que no lloraste en el campo, y me complace saber que eres valiente.

—Tenía tanto miedo, que no me atreví ni a llorar. Pero ahora lloro, porque no me gusta perderme —balbuceó el chico luchando entre el sueño y una sopa de leche.

Los muchachos soltaron una carcajada, y Rob, contagiado, rompió a reír muy contento.

—Son las diez; cada mochuelo a su olivo —dijo el señor Bhaer, mirando el reloj.

—Gracias a Dios, no habrá ninguna camita vacía esta noche —dijo tía Jo, contemplando a Rob, que iba en busca de los paternos brazos, y a Nan, que andaba escoltada por Daisy y por Medio-Brooke, con aspecto de heroína.

—Mamá Bhaer está tan cansada que debemos ayudarla a subir la escalera —dijo Franz, ofreciéndole el brazo.

—La llevaremos en una butaca —propuso Tommy.

—Gracias, hijos, basta con que uno me dé el brazo.

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! —exclamaron todos con tanto afecto como emoción. Al ver que aquello se consideraba como un honor, tía Jo dio el brazo a Dan, exclamando:


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