Hombrecitos

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—Dan, llama a los demás y vámonos —ordenó tía Jo.

Saltó la cerca el muchacho y lanzó un jubiloso grito de «¡Aquí están!», que repercutió en el valle.

Emprendióse el regreso. Franz se adelantó en el caballejo, para llevar cuanto antes la noticia a casa; Dan rompía la marcha sobre el borriquito; luego iba Nan en los robustos brazos de Silas, que no dejó de burlarse de sus travesuras; detrás iba papá Bhaer, que no quiso ceder a nadie el dulce trabajo de llevar en brazos a Rob; el chiquitín, completamente despabilado, hablaba con alegría, juzgándose un héroe; la madre no se apartaba de él, tomada de sus manos y cambiando cariñosos besos, complaciéndose en oírle decir: «Ya sabía yo que mamá vendría a buscarme»; o aceptando alguna mora que el pequeño le ofrecía y le hacía comer: «Porque las había juntado todas para mamá».

Cuando se aproximaron a la casa, brillaba esplendorosamente la luna; los niños salieron a recibir a los viajeros, y llevaron en triunfo hasta la mesa del comedor a Nan y a Rob. Estos, prosaicamente, pidieron de comer y devoraron un tazón de sopa con leche, dejándose admirar. La niña, jovialmente, relató los graves peligros que corrieran. Rob, de repente, dejó caer la cuchara y gimió dolorosamente.


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