Hombrecitos
Hombrecitos Aquel espectáculo y la emoción de las angustias pasadas perturbaron a tÃa Jo, que, abrazándose estrechamente a su hijo, rompió a llorar. El chiquitÃn se despertó desconcertado, pero al recordar lo sucedido, gritó, abrazando a su madre:
—Ya sabÃa yo que vendrÃas. ¡Me hacÃas falta…!
Durante un rato, se besaron y acariciaron, olvidándose de todo. Por más traviesos que sean los hijos, las madres los perdonan y olvidan todo al estrecharlos en sus amantes brazos. ¡Feliz el hijo que tiene siempre confianza absoluta en su madre y paga con abnegación y cariño el amor maternal!
Dan, entretanto, con dulzura sólo empleada al tratar con Teddy, despertó a Nan y la tranquilizó. La muchachita rompió a llorar de alegrÃa al verse entre los suyos, después del miedo y las angustias pasadas.
—¡Pobre hija mÃa, no llores! Ya estás a salvo, y nadie te reñirá esta noche —le dijo tÃa Jo, acariciándola y cobijando a ambos niños como gallina a extraviados polluelos bajo las protectoras alas.
—Yo he tenido la culpa; pero estoy muy arrepentida. Ofrecà cuidar a Rob, y lo tapé, y lo dejé dormir, y a pesar de tener hambre no me comà sus moras… Pero estoy muy arrepentida… Nunca más lo volveré a hacer… ¡Nunca! ¡Nunca…! —exclamó Nan, llorando, alegre y compungida al mismo tiempo.