Hombrecitos
Hombrecitos Saltó rápidamente la cerca; mamá Bhaer lo siguió con trabajo; cuando llegaron al manantial, el chico bajó la linterna y mostró, con alegrÃa, huellas recientes de piececitos estampados en la tierra húmeda. La pobre madre cayó de rodillas, y luego, tras breve examen, se puso de pie exclamando:
—SÃ; las señales son de las botitas de mi Rob. Sigamos.
¡Fatigosa fue la búsqueda! La angustiada madre caminaba guiada por certero instinto. Momentos después, Dan lanzó un grito y recogió un objeto brillante. Era la tapa de la cacerola de Rob. TÃa Jo la besó tiernamente, y cuando Dan se disponÃa a llamar a todos, la buena señora se lo impidió, diciéndole, mientras seguÃa caminando:
—No; quiero encontrarlos yo: yo permità salir a Rob, y debo ser yo quien se lo devuelva a su padre.
Anduvieron un poco más, y tropezaron con el sombrero de Nan; al fin, tras nuevas pesquisas, dieron con los niños, que estaban durmiendo. Nunca olvidó Dan el cuadro que su linterna alumbró. Imaginó que mamá Bhaer romperÃa a llorar; pero la señora sólo dijo: ¡Hum…! levantando suavemente el delantal de Nan, para ver el rostro del niño dormido. Rob tenÃa los labios entreabiertos y teñidos por zumo de moras, alborotado el cabello, y, en las sucias manecitas, apretaba la cacerola, llena aún de fruto.