Hombrecitos

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¡Naaan! Silas silbaba y voceaba estrepitosamente. Dan exploraba con ahínco, cabalgando sobre el borriquillo, que, como comprendiendo el caso, trepaba ágil y dócilmente por los sitios más escabrosos. Por momentos, tía Jo imponía silencio, y, reprimiendo un sollozo, decía:

—Pueden asustarse; callen, yo los llamaré. Rob conoce mi voz —y con acento estentóreo pero tierno, pronunciaba el nombre del pequeño; repetíalo el eco y moría en el silencio de la noche, sin encontrar respuesta.

El cielo se había encapotado; algunos relámpagos surcaban los oscuros nubarrones, y, a lo lejos, escuchábanse rumores que anunciaban la proximidad de una tormenta estival.

—¡Pobre Rob! ¡Pobre hijo mío! —sollozaba tía Jo, vagando acompañada de Dan, que parecía un gusanito de luz—. ¿Qué le diré al padre de Nan, si le ocurre una desgracia a esa niña? ¿Por qué la dejé salir…? ¿No oyen algo?

Cuando le contestaban que no, se afligía más y más.

Dan, de un brinco, se bajó del burro, lo ató a un árbol, y dijo con su decisión habitual:

—Acaso hayan bajado al manantial; voy a ver.


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