Hombrecitos

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Los muchachos obedecieron rápidamente. En diez minutos, papá Bhaer y Silas iban camino del bosque; Franz, sobre un caballejo, caminaba hacia los pastos. Tía Jo tomó alguna comida de la mesa, sacó una botella de aguardiente del armario, empuñó la linterna, ordenó a Jack y Emil que la acompañaran y encargó a los demás que no se movieran de la casa. En seguida, sin detenerse a tomar abrigo ni sombrero, montó en el borriquillo y salió. Oyó que alguien la seguía, y, al volverse, se encontró con Dan.

—¿Qué haces…? Mandé a Jack que me acompañara…

—Yo me opuse; ni él ni Emil habían comido, y yo deseaba acompañarla —contestó resueltamente el chico, sonriendo y tomando la linterna de manos de tía Jo.

Esta se apeó y le hizo montar en el burro, a pesar de que el muchacho quería andar. Lentamente, recorrieron el polvoriento camino, deteniéndose de vez en cuando para llamar y sofocando la respiración para tratar de oír algo. Al llegar a los pastos, ya brillaban otras luces, de un lado para otro, como almas en pena. Se oía la voz de papá Bhaer gritando: ¡Nan…! ¡Rob…! ¡Rob…!


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