Hombrecitos
Hombrecitos —Dan no ha sido, y de ser asÃ, yo lo defenderÃa porque ha demostrado ser un buen compañero —contestó enérgicamente Nat.
Dan, olvidándose de las culebras acuáticas, se levantó para dar gracias a su amigo, cuando oyó a Ned exclamar:
—Sé que Dan tomó el dinero y te lo dio a ti. No me extraña —añadió mintiendo a conciencia, para encolerizar a su interlocutor—, porque era un ladronzuelo antes de venir aquÃ, y tú lo sabes muy bien.
—Vuelve a decir eso, y aun cuando no me gusta acusar, voy y se lo cuento al señor Bhaer.
—Además de embustero y ladrón, serás una vÃbora…
No pudo continuar. Un brazo surgió por encima de la cerca, lo agarró por el cuello, lo pasó al otro lado y lo zambulló en el arroyo.
—¡Atrévete a insultar y te ahogo…! —gritó Dan.
—¡Si era broma! —dijo Ned.
—Tú sà que eres una vÃbora atormentando a Nat. Vuelve a hacerlo y te zambullo en el rÃo. Y ahora, vete ya —gruñó Dan, enfurecido.
Ned, chorreando, se largó presuroso. El remojón le hizo bien, porque desde entonces fue muy respetuoso con ambos.