Hombrecitos

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Los demás niños no querían reunirse con Nat. Pero Dan, aun desdeñando por cobarde a su compañero, le dispensaba generosa protección y estaba pronto a dar bofetones a los que molestaban o insultaban al acusado. Y es que Dan, a pesar de su rudeza, era leal y tenía un sentido de la amistad tan elevado como el de Daisy.

Una tarde, observando Dan junto al arroyo las curiosas costumbres de las culebras de agua, pescó al vuelo un trozo de conversación entablada al otro lado de la cerca. Ned, que era tan curioso como preguntón, andaba sonsacando a Nat para saber «ciertamente» quién era el culpable; ante la resignación y las firmes negativas del acusado, ya algunos dudaban de su culpabilidad.

También Ned había sentido dudas y, a pesar de la prohibición impuesta por papá Bhaer, había acosado a Nat con preguntas. Al verlo leyendo, solo, junto a la cerca, corrió hacia él. Ya llevaba diez minutos molestándolo, cuando Dan, desde el arroyo, oyó a Nat exclamar con acento suplicante:

—¡No, Ned! No puedo decírtelo porque no lo sé. Es una crueldad la que cometes atormentándome. No te atreverías a hacerlo si estuviese aquí Dan.

—No me asusta Dan; es un fanfarrón. Creo que él fue el que robó el dólar de Tommy, y tú sabes y te callas.


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