Hombrecitos
Hombrecitos Muchos niños abundaban en la opinión de Ned. Con todo, papá Bhaer procedía rectamente; mejor hubiera sido para Nat confesar la verdad que sufrir, como sufrió una semana el recelo general, la desconfianza de todos y el ver que rehuían hablarle; nadie lo molestó, pero el pequeño sufrió más que cuando en otro tiempo su padre lo azotaba cruelmente.
En la casa sólo Daisy tenía fe ciega en la inocencia de Nat, y la defendía contra todos enérgicamente.
—Acaso las gallinas se comerían el dólar, las gallinas son muy voraces —dijo candorosamente la niña, y al ver que su hermano soltaba la carcajada, se enojó, le dio varios pescozones, se echó a llorar y salió corriendo y sollozando—: ¡Pues él no ha sido…! ¡No ha sido! ¡No ha sido…!
Ni papá ni mamá Bhaer quisieron combatir la confianza de la muchachita; pero no esperaban que su instinto les ofreciese una prueba. Nat, cuando pasó el tiempo, dijo que si no huyó de la casa fue por Daisy. La cariñosa niña lo buscaba, lo acompañaba, alardeaba de no tratar a los que evitaban a Nat, y lo escuchaba y aplaudía cuando tocaba el vetusto violín.