Hombrecitos
Hombrecitos —¡Silencio! —repitió el maestro. Luego, añadió severamente—: Lo siento mucho, Nat; pero todo parece acusarte, y tus antiguas faltas nos autorizan para dudar de ti, lo que no harÃamos si nos merecieras la misma confianza que los demás, que nunca han mentido. FÃjate bien en que no te acuso de este hurto, y en que no te castigaré hasta estar perfectamente seguro, ni preguntaré nada más. Te dejo entregado a tu conciencia. Si eres culpable, acude a mà cuando quieras, confiésate y te perdonaré y te ayudaré a enmendarte. Si eres inocente, tarde o temprano la verdad aparecerá, y entonces, yo seré el primero en pedirte perdón por haber dudado de ti.
—¡Yo no he sido, señor! ¡Yo no he sido! —sollozó Nat.
Movió tristemente la cabeza el maestro y añadió:
—No hay que hacer ni que decir nada más. No hablaré más del asunto, ni tampoco los demás. No puedo pedir que se muestren con un compañero sospechoso tan cariñosos como antes, pero deseo que no lo molesten…, ¡bástele con su conciencia! Y ahora, a nuestras lecciones.
—¡Eso! ¡Y aquà no ha pasado nada! ¡Me gusta la justicia! —exclamó Ned al oÃdo de Emil.
—¡Cállate! —gruñó Emil, sintiendo que lo ocurrido era como un borrón para la casa Plumfield.