Hombrecitos

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Hubo una pausa, reinó silencio profundísimo. Gravemente, el maestro dirigió la misma pregunta a cada uno de los niños, y de cada uno recibió idéntica contestación negativa.

Cuando le llegó el turno a Nat, el señor Bhaer dulcificó la voz; lo vio muy apenado, lo creyó culpable y quiso, afable, facilitarle el camino para que confesara y no incurriera en una mentira.

—Vaya, hijo mío; respóndeme…, ¿tomaste el dinero…?

—¡No, señor! ¡No, señor!

En aquel momento sonó un silbido.

—¡Silencio! —ordenó el señor Bhaer, dando un golpe en la mesa, y mirando severamente hacia el lugar de donde salió el silbido. Allí estaban Ned, Jack y Emil. Los dos primeros se avergonzaron y Emil exclamó:

—¡Tío, yo no he sido! Vergüenza me daría silbar a un compañero cuando está caído.

—¡Muy bien dicho! —exclamó Tommy.


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