Hombrecitos

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—Cálmate, ya daremos con él; los ladrones siempre tienen su castigo —indicó Dan.

—Silas no permite la entrada a los vagabundos, y además nadie busca dinero en una máquina vieja —contestó Emil.

—Me parece que tú crees que he sido yo —balbuceó enrojecido y trémulo Nat.

—¡Tú eres el único que sabía dónde estaba el dólar! —respondió Franz.

—¡Pues yo no lo he tomado! ¡Yo no he sido! ¡Yo no he sido! —sollozó Nat con desesperación.

—¡Calma, hijos míos, calma! ¿Qué ruido es éste? —dijo papá Bhaer presentándose.

Tommy repitió la historia de su despojo; el maestro, al oírlo, se puso serio, porque los muchachos, en medio de todas sus faltas, siempre habían sido honrados.

—Siéntense —ordenó, y cuando todos ocuparon su asiento, el señor Bhaer, mirándolos apresadumbrado, añadió—: Voy a preguntar sencillamente a uno por uno; deseo que respondan honradamente. No trato de averiguar la verdad ni por amenaza, ni por soborno, ni por sorpresa; todos tienen conciencia y saben lo que ella les dicta. Es el momento de reparar el daño causado a Tommy. Mejor perdono el hecho de haber cedido a una mala tentación que una mentira. No añada el culpable el engaño al hurto; confiese francamente, y todos procuraremos perdonar y olvidar.


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