Hombrecitos

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—No tendrás que esperar mucho —se alejó rápidamente, y nadie lo vio durante muchas horas.

—¿Qué le pasa a Dan? —se preguntaban los chicos el domingo que siguió a aquella interminable semana. Dan era extravagante, pero aquel día estaba tan serio, que nadie osó interrogarle. Al salir de paseo se alejó de los demás, y volvió tarde a casa. No intervino en la conversación general y estuvo meditabundo en un rincón.

Cuando la tía Jo le enseñó, cosa no muy frecuente, una buena nota en el «libro de conciencia», el muchacho la leyó sin sonreír y preguntó gravemente:

—Usted cree que me porto bien, ¿verdad, señora…?

—Muy bien, y estoy contentísima; confirmo mi idea de que haremos de ti un hombre de provecho.

Dan, mirándola con algo así como cariño, orgullo y tristeza, dijo:

—Sentiría mucho que usted se equivocase.

—¿Qué te ocurre? ¿Estás enfermo…?

—Me duele algo el pie, y, con su permiso, me voy a acostar; buenas noches, mamá —exclamó, saliendo, al fin, como si se despidiera de algo muy querido.

—¡Pobrecito! Está muy afectado con la desgracia de Nat. ¡Es raro ese chico! Aún no he acabado de entenderlo. Pero veo que vale mucho más de lo que creímos —se dijo mamá Bhaer.


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