Hombrecitos

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George Cile, «Zampabollos», había sido pésimamente educado por una madre débil que lo atracaba de golosinas hasta que lo hizo enfermar, y entonces lo creyó muy delicado para el estudio, con lo cual el chico, a los diez años, era paliducho, tristón, malhumorado, fofo de carnes y dado a la holganza. Un amigo de la familia aconsejó que lo enviasen a Plumfield. La curación fue completa; allí comió pocos dulces, paseó mucho y fue cobrando tal afición a estudiar, que su madre creyó que los señores Bhaer eran milagreros.

Billy Ward era lo que los escoceses llaman tiernamente «un inocente»; tenía diez años y parecía un niño de seis. Había sido inteligentísimo, pero su padre lo obligó a un trabajo enorme, haciéndole estudiar seis horas diarias. El pequeño, incapaz de soportar aquellos atracones de ciencia, cayó enfermo con fiebre y, cuando dejó el lecho, el cerebro, resentido, quedó como una pizarra sobre la que se ha pasado una esponja. Dura fue la lección para el imprudente padre; no pudo sufrir la casi idiotez del hijo en quien tantas esperanzas cifrara, y lo envió a Plumfield, sin fiar en curarlo, mas con la certidumbre de que lo tratarían con afecto. Tan dócil como inofensivo era Billy; apenaba verlo como buscando a tientas el perdido conocimiento que tan caro le costara conseguir.


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