Hombrecitos

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—Me explico lo que te sucede; no es que tengas el diablo en el cuerpo; es que, como todos los jóvenes, deseas libertad. Yo también he sentido eso mismo, y deseaba brincar.

—¿Por qué no brincaba? —preguntó Dan.

—Por comprender que era una tontería; ahora agradezco infinito a mi madre que no me dejase en libertad.

—Yo no tengo madre.

—Creí que ahora la tenías —dijo mamá Bhaer acariciándolo.

—Usted es buenísima y cariñosísima; nunca podré expresarle toda mi gratitud —respondió Dan melancólico—; pero ¿equivale todo esto al amor de una madre…?

—No, hijo mío; hay diferencia muy grande. Pero ya que no tienes madre, déjame suplir esa falta. Temo no haber hecho lo bastante para que nunca pensaras abandonarnos.

—¡Usted ha hecho más de lo que debía, y de lo que merezco! No quiero irme; no debo irme; procuraré no irme. A veces siento como una explosión en el pecho y necesito correr, galopar, o dar saltos mortales. ¿Por qué…? Lo ignoro —exclamó Dan, con acento veraz y enérgico.

—Bueno, Dan, corre cuanto lo necesites; pero no vayas muy lejos, y no dejes de volver a mi lado cuanto antes.


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