Hombrecitos

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Aturdióse el muchacho al recibir el permiso de explayarse, y hasta perdió las ganas de usarlo. Tía Jo había comprendido que el chico sufriría mal las restricciones, y que, en cambio, se sentiría más cohibido por la libertad amplísima, al mismo tiempo que por el deseo de no estar lejos de la persona a quien más quería. El cálculo estaba bien hecho y dio buen resultado. Dan, silencioso, rompiendo inconscientemente el abanico, vio que le hablaban al corazón y a la gratitud, y exclamó:

—No volveré a correr ni a vagar, sin su permiso.

—Muy bien. Ahora quiero ver si encuentro medio de que des salida al vapor, sin correr como un loco, ni romper abanicos, ni pelear con tus compañeros. ¿Te agradaría hacerme los mandados?

—¿Ir a la ciudad a despachar los encargos de la casa…?

—Sí; Franz está cansado de esa tarea; Silas tiene mucho que hacer, y a papá Bhaer le falta tiempo. El viejo Andy es un caballo manso; tú montas bien, y conoces perfectamente el camino a la ciudad. ¿Te gustaría más montar dos o tres veces por semana a caballo, que vagabundear y salir una vez cada mes…?

—Sí, señora. Pero a condición de ir solo; no quiero que me acompañen otros chicos.


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