Hombrecitos

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CAPÍTULO 17

—¡De prisita niños, de prisita! Son las tres, y ya saben que a papá Bhaer le gusta la puntualidad —dijo Franz, esa tarde, apresurando a un grupo de pequeños literatos que, al parecer, se encaminaban, con libros y papeles, al «Museo Laurie».

Tommy estaba en la escuela, con los dedos llenos de tinta, rojo por el ardor de la inspiración y con mucha prisa, por esperar siempre el último momento para terminar la tarea. El muchacho, al salir Franz, estampó el postrer floreo retórico, soltó el postrer borrón, y echó a correr agitando el papel para secarlo. Nan marchó tras él, llevando, con aire importante, un rollo de papeles. Cerraban la marcha Medio-Brooke y Daisy, radiantes de alegría, seguramente por llevar preparada alguna sorpresa encantadora.

El orden más perfecto reinaba en el museo. Filtraba el sol a través de las enredaderas, penetraba por la amplia ventana, y proyectaba sombras caprichosas sobre el pavimento. En un extremo estaban sentados papá y mamá Bhaer; en el otro, había una mesita sobre la cual se dejaban los trabajos después de leídos, y en amplio semicírculo, sobre rústicos bancos, se hallaban los niños. Para evitar el cansancio de sesiones muy prolongadas, se habían establecido turnos. Aquel día le correspondía actuar a la gente menuda; los mayores oirían con benevolencia y criticarían libremente.


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