Hombrecitos

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Zampabollos pasó disgustos con sus melones; antes de que madurasen, se dio un festín solitario, sufrió un cólico mayúsculo y casi se resolvió a no volver a probar el fruto de su cosecha. Pasó el tiempo, hizo la primera recolección y se abstuvo de comer. Los melones eran exquisitos. Lo último que quedaba eran tres sandías hermosísimas y anunció que las iba a vender a un vecino; los niños sintieron viva contrariedad, porque habían creído que serían para ellos, y expresaron su descontento de un modo original. Cuando Zampabollos llegó una mañana al huerto, se encontró con que sobre la verde cáscara de cada sandía se destacaba grabada, en caracteres blancos, la palabra «Cerdo». Lloró, rabió y corrió a contarle lo ocurrido a tía Jo. Esta lo consoló y le dijo:

—Si estás dispuesto a renunciar a las sandías, yo te enseñaré la mejor manera de vengarte, y ya verás cómo te ríes de tus ofensores.

—Renuncio a las sandías; quiero vengarme y que se acuerden de mí los bribones.

—Bueno; pues no hables una palabra del asunto, y lleva las sandías a mi cuarto —ordenó tía Jo, que la noche antes había observado cuchichear y sonreír en secreto a tres muchachos, el crujido de las ramas del árbol inmediato al dormitorio de Emil, y a Tommy con una cortadura en el dedo.


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