Hombrecitos
Hombrecitos Todos salieron apresuradamente a ejecutar su tarea, porque cada niño tenía un pequeño deber diario que cumplir, y estaba obligado a cumplirlo puntualmente. Unos acarreaban leña o agua; otros barrían los pasillos; éstos daban de comer a los animales domésticos; aquellos iban al granero a ayudar a Franz a sacar alimentos para los animales. Daisy fregaba los vasos, Medio-Brooke los enjuagaba, porque a los gemelos les gustaba trabajar juntos. Hasta el microscópico Teddy tenía su tarea, e iba de acá para allá recogiendo servilletas y ordenando sillas. Por espacio de media hora los muchachos zumbaban trabajando como enjambre de solícitas abejas. Cuando por fin llegó el ómnibus, el señor Bhaer y Franz, con los ocho niños mayores, marcharon a la iglesia de la ciudad, que distaba tres millas.
Nat, por causa de la tos, se quedó con los cuatro chicos más pequeños y pasó la gran mañana en la habitación de la señora Bhaer, oyendo las historias que les refirió la bondadosa señora, aprendiendo el himno que les enseñaba y, luego, pegando estampas en un libro viejo.